La inmensidad de Clemente

Por: Luz M. Alicea Ortega

Fuente: El Nuevo Día

Un 23 de diciembre de 1973, Managua, la capital de Nicaragua, amaneció rodeada de escombros y muertos. También experimentaba el terremoto político provocado por la dictadura de Anastasio “Tacho” Somoza.

Entre la dictadura y el terremoto, sepultaban las esperanzas de un pueblo que trataba de sobrevivir de la miseria, la desesperanza, la violación de los derechos humanos, el despilfarro de dinero en francachelas, la corrupción política y la malversación de los recursos del Estado.

En el Caribe, un puertorriqueño, natural del barrio San Antón de Carolina, negro y jugador excepcional de la Grandes Ligas en Estados Unidos de Norteamérica, se solidariza con el dolor del pueblo nicaragüense. Por eso, para el 31 de diciembre de 1973, organiza un viaje a ese país, con el fin de entregar personalmente víveres y ayuda económica recolectada en la isla.

Huelga resaltar que Managua recibía apoyo de diferentes partes del mundo, pero el dictador no la hacía llegar a su pueblo. La utilizaba como mecanismo de presión política y negocio particular.

Mientras el pueblo carecía y moría, Somoza despilfarraba y almacenaba la ayuda internacional que arribaba al país centroamericano. Eso lo sabía el mundo, pero ningún gobierno lo impedía. ¡Así son las llamadas democracias! Sólo México y Cuba habían roto entonces las relaciones diplomáticas con la Nicaragua de la familia Somoza.

En Puerto Rico, Roberto Clemente Walker se despide de su familia y el país para viajar en un avión privado a entregar y distribuir personalmente la ayuda en Nicaragua. Entonces, una vez la nave despega, un fallo trágico surgió y en poco tiempo arriba la triste noticia: “El avión donde Roberto Clemente Walker viajaba, con la ayuda a Nicaragua, se estrelló a pocas millas de San Juan de Puerto Rico”. En segundos, la información recorrió el país y el mundo.

Esa Despedida de Año o la Noche Vieja, como la denominan en España, fue muy triste y dolorosa para aquellos que lo admiraban y amaban por su generosidad, desprendimiento y humildad.

Aún más triste fue que su cuerpo nunca apareció. Así, como decía una monjita: Roberto Clemente Walker era tan grande que su cuerpo no cabía en un mausoleo. Por eso, su tumba, por su inmensidad, era el mar.

En verano de 2017 visité Nicaragua. Quería conocer y apreciar el amor de este país a la figura de este puertorriqueño. Además, porque después de haber vivido el terremoto de 8.2 grado en la Ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985, necesitaba enfrentarme conmigo misma a esa experiencia inolvidable que marcó el sentido de mi existencia y de la vida. Pues nunca he regresado a la ciudad que amo, que me formó como latinoamericana, profesional, intelectual y ser humano.

Roberto Clemente Walker, el 20 de septiembre de 2017, al igual que Managua en 1973, nuestro país amaneció desolado, a la intemperie y rodeado de los escombros, dejados en su travesía por el huracán María.

La ayuda de no ha cesado de arribaral país. Sin embargo, todavía se siente el dolor, la tristeza el abandono oficial y la desolación en los rostros de los niños, ancianos, mujeres, hombres y jóvenes que lo perdieron todo, menos la fe y esperanza, de que otro Puerto Rico es posible.

Artículo anterior Los más vendidos y lecturas recomendadas [enero 2018]
Artículo siguiente Es momento de decir thankiou

Comentarios

Awilda - enero 9, 2018

Gracias por compartir parte de la historia a pesar de ser triste se nos hincha el corazón de orgullo.

Awilda - enero 9, 2018

Gracias por compartir de la historia a pesar de ser triste se nos hincha el corazón de orgullo.

Deja tu comentario

Todo comentario deberá ser aprobado antes de ser publicado.

* Campos requeridos