Hacia el principio

Cuento por Luis Alexis Rodríguez Cruz | Instagram

Antes había más pejes, pero si uno sabe del mar,
y si entiende de la luna,
la pesca te recompensa.

Margarita “Toña” Correa, pescadora
en Palabras de Pescadores de María Benedetti

1

     El pequeño bote, mitad rojo y mitad azul real, reposaba en el medio de la bahía rodeada de mangles, cuyas raíces formaban laberintos de vida marina. Don Rodríguez, quien ha pescado en las aguas de Cabo Rojo desde antes de volverse ciego, había remado hasta allí como lo hacía todas las noches. No pescaba peces como quiénes vivían del mar. Tampoco atrapaba jueyes, langostas, ni algún otro animal. Pescaba estrellas. Y quizás por sus poderosos sentidos, sabía que estaba de suerte esa noche, pues como pocas, estaba clara.
     Comenzó a tejer la red, mientras respiraba el salitre. Sus manos parecían dos arañas que trabajaban de manera ligera. El proceso de creación se tardaba unas cuatro horas. Cada una de sus redes tenía su propio patrón, como cazadores de sueños. La gente del pueblo costero no podía entender cómo un ciego era capaz de semejante hazaña.

2

     Hace unos cincuenta años, en una mañana cuando los rayos de sol quemaban, estaba mar afuera colocando redes que parecían serpientes si eran vistas desde arriba. Mientras recogía una de ellas, llena de peces de todas clases, su visión comenzó a desvanecerse. Unas nubes blancuzcas dentro de sus ojos cubrían su vista, parecía como si estuviera ocurriendo un gran eclipse solar. Desde ese día dejó de pescar en las horas de luz; dejó de pescar animales.

3

     El viejo de ojos blancos era bañado con una luz tibia de luna que lo acariciaba y hacía sonreír. No importaba si el agua calmada reflejaba el cielo o este reflejaba la bahía, las estrellas estaban en ambos cuerpos. Puntos brillantes que veía con su audición, tacto y olfato. Y con su gusto también.
     Al tirar la red, provocó que se generaran olas que llegaron hasta los mangles. El sonido sutil de la malla al caer al agua dejaba meditabundo al único pescador de la noche. La malla se iba acomodando al hundirse con lentitud.

4

     Su casa era un pedazo de espacio. Las paredes oscuras que la componían estaban cubiertas de estrellas: rosas, azules, verdes… estrellas tornasol… uno que otro cometa que se enredaba por accidente en sus redes.
     Don Rodríguez permanecía allí, en su espacio, en su taller, todo el día. En algunas ocasiones, salía al puerto para deshacerse de las redes ya usadas. Caminaba hasta allí sin ayuda de un perro guía o de un bastón blanco. Al voltearse y dirigirse hacia su casa, los otros pescadores, quienes yacían escondidos entre los mangles, zafacones y verjas, corrían y se peleaban por las redes. Parecían perros hambrientos batallando por un hueso blando y mascado. Los que lograban apoderarse del material que al extenderse se dejaba ver como un ornamento artístico, digno de posar en cualquier museo, podían estar seguros de que atraparían peces para suplir varios restaurantes.

5

     El pescador de la noche tenía sus ojos apuntando hacia la orilla, le daba la espalda al mar abierto.
     Esperaba.
     Sintió un leve vaivén y sonrió como cuando atrapaba pelágicos cerca del noroeste cuando joven.
     Se puso de pie, balanceándose como circense que camina sobre la cuerda floja y comenzó a jalar la red, poco a poco.
     Las estrellas, de todos los tamaños, caían una a una dentro del barquito. Emitían un ruido peculiar, un sonido de brillo.
     Cualquiera que mirara desde la orilla pensaría que un farol había emergido en el medio de la bahía.
     Destellos.
     Tocaba las estrellas, suaves como láminas de metal frío y lustroso. Las olía. Un leve aroma se desprendía de los pequeños astros, una combinación de lavanda, polvo estelar y sal.
     Faltaban unas siete horas para el alba. Así que decidió tejer otra malla. Se tardó solo dos horas, lo hizo con prisa.
     Se puso de pie y la tiró, lo cual hizo que unas gotas saltaran al barquito. Nuevamente, el chasquido lo hizo sonreír.

6

     La luz de la noche se parecía en algo a la luz del día. Mientras esperaba, recordaba cuando pescaba bajo el sol.
     El ambiente permanecía en calma. La bahía estaba en silencio, solo se escuchaban la respiración honda del viejo de pelo blanco y la danza de la espuma cuando la ola número trece se adentraba al laberinto de mangles.
     Sabía que esa sería la noche en la cual atraparía lo que siempre quiso capturar, lo que faltaba en las paredes oscuras de su casa.

7

     Sintió otro vaivén, esta vez no fue leve.
     Sonrió y se levantó de rápido.
     Agarró la red y comenzó a jalar con fuerza.
     Su sonrisa se extendía.
     La malla estaba pesada. Se quitó las chancletas y trincó los dedos de los pies sobre la madera del barquito. Tiró con fuerza. Sus músculos se tensaban. Sudaba. Había atrapado a la luna.
     Un círculo azul-blanco se acercaba a la superficie. La luz, al principio concentrada en un solo punto, se esparcía bajo el barquito como un enorme plato. La bahía ya no estaba calmada, era como si la luna peleara.
     El sudor recorría toda su cara; las gotas, más saladas que las del mar, llegaban a su boca. Se le zafaba la red en ocasiones. Tenía las manos pintadas de rojo.
     –¡Serás mía! –gritó antes de tirar con la fuerza de diez mil personas.
     La luna cayó dentro. Redonda y brillante. Se escuchaba un pequeño zumbido que parecía ser magia.
     El viejo comenzó a reír de la alegría. Brincaba de la emoción. Abrazaba la luna.
     -¡Mía, mía, mía! –exclamaba riendo y con los ojos llenos de lágrimas, las cuales se mezclaron con el agua de la bahía, luego de que una gran ola que venía desde su espalda, desde el mar abierto, lo tomara por sorpresa y lanzara al fondo. Le agarraba los pies para que no saliera a la superficie. Lo jalaba como él a sus redes. Las estrellas, antes capturadas, alumbraban el fondo en combinación con la luz de la luna. Alumbraron las burbujas embravecidas que salían de la boca del viejo, mientras a sus oídos llegaba una frase sin origen: “La luna es mía”.

Este cuento es parte de la colección inédita, “Al otro lado y otros cuentos”, próximo a ser autopublicado en diciembre 2022. El libro estará compuesto de 17 piezas fantásticas y de ciencia ficción, donde personajes buscan e indagan sobre eso que está “Al otro lado”.

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