El cuerpo de la abuela: Una oda a la memoria

Reseña por: Loraine Rosado Pérez | Instagram

“La gente se muere, pero sus miradas, cómo vieron la vida y cómo la percibieron, siempre quedan en alguna cosa.”  -Ana Teresa Toro

Mamá quedó en muchas cosas. Tras su partida, me adueñé de su tarjeta electoral y de una sortija, muy grande para mi gusto, pero perfecta para acompañar su recuerdo y mi, a veces turbulenta, memoria. Los últimos recuerdos que tengo con ella se remontan a cuando ya estaba encamada, con el ánimo por los quintos cielos. Me costó mucho entender que la alegría que emanaba de su cuerpo en ese último año fue la misma que careció por muchísimo tiempo mientras sus condiciones mentales le nublaban el vivir. A veces me culpo por no recordar más, pero en ocasiones la memoria es así, una película en fragmentos, sin orden cronológico. Una recolección de momentos esporádicos que uno no puede controlar.

En el texto de Ana Teresa Toro, El cuerpo de la abuela, la memoria juega un papel protagónico e imprescindible. A través de ella, la autora reconstruye la historia y la vida de su abuela materna y paterna. Es con la memoria con la que recrea los olores de las manos de Emérita, la santiguadora, y del cuarto donde María Francisca pasaba sus días entre telas e hilos. La nobleza y la atención al detalle con la que la autora narra los oficios, las actitudes, las personalidades y los pesares de cada una de sus abuelas, llevan al lector a sentirse nieto o nieta. En esencia, parte de la familia.

Es casi una invitación a recolectar esas vivencias que muchos de nosotros tuvimos con nuestras respectivas abuelas. O, tal vez, a añorar esas experiencias de las que carecimos con ellas. La memoria se luce en escenas como cuando la autora comenta sobre los momentos donde comía fuera, en la marquesina de María Francisca, sentada en una lata de galletas soda. También cobra vida cuando narra la magia que emanaba de las manos de Emérita al momento de dar un sobo. Además de la memoria, los sentidos, tanto el olfato como el tacto y la vista, son otros de los protagonistas a lo largo del texto.

El mismo se divide en tres secciones, “Ojos”, “Manos” y “Cuerpo”. En los “Ojos”, la autora narra la importancia del acto de ver para sus abuelas. Recrea, de manera extraordinaria, parte de la vida de María Francisca mediante la historia de cómo la operaron de las cataratas para los años 60. Esta importancia de la visión se conecta con la experiencia de Emérita, devota de Santa Lucía, conocida como la patrona de quienes padecen de enfermedades oculares. El texto continúa con las “Manos”, donde se enaltece el tacto a través de los oficios que cada una de las abuelas lleva a cabo, la costura y la sanación. Y, por último, en “Cuerpo”, la autora elabora, de manera sutil y breve, el proceso de la muerte y el duelo.

Aquí es donde comenta sobre las cosas con las que nos quedamos tras la partida de un ser querido, como queriendo rescatar pedazos del cuerpo que se nos fue. Nos comparte que “no siempre el luto huele a tierra revuelta, a veces huele a colonias de anaquel. Un acto de fe, quizás, creer que en los olores que un cuerpo usó queda algo de la esencia de ese cuerpo.” Y es cierto, yo pienso a mamá Hilda cada vez que le paso por el lado a los potes de árnica mientras que, a mamá Delia la pienso cada vez que cocino, entre los olores del ajo y el cilantrillo. Es un acto simultáneo de memoria y sentido que nos adentra a esa película continua y fragmentada que se encuentra en nuestro cerebro.

El cuerpo de la abuela se ha convertido en uno de esos textos a los que puedo volver, volver y volver cuantas veces sea necesario. Por su sencillez y profundidad, su poesía narrada, que me lleva a recuperar desde lo más nublado de mi mente, los momentos pasados con mamá Hilda, e inclusive con mamá Delia a quien aún tengo el privilegio de tener con vida. Lo leo y lo entiendo como una oda a la vida de esas abuelas que, con todo y sus tormentos, nutren y aman, a su manera e infinitamente. También lo concibo como un rescate de recuerdos y una reconstrucción de la memoria que, al fin y al cabo, como bien dice la autora, “es más fuerte que los huesos”.

¿Qué anécdota con sus abuelas nos pueden compartir?

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